Comprando el poder (Stephen Kessler)

Por Stephen Kessler

Comprando el poder "Sebastián goes shoping"


Diario “Santa Cruz Express”, California, USA, 7 de Septiembre de 1981

(Traduccion del ingles: Regina Aguilar)

La semana pasada conversé una tarde con Rafael Murillo, quien ha sido invitado por el “Bear Republic Theater” para dirigir su nueva producción, Sebastián Sale de Compras. Nuestra vibrante conversación osciló entre la poesía, la política y hasta la dinámica interna del proceso creativo.

Mientras trabaja con los actores en “el espacio escénico”, Murillo tiene como principio guía “desmitificar el rol del director” para generar un espíritu de creación colectiva. Para él, el “actor como creador” es el elemento más importante en el teatro. “El actor está allí para crear y no para obedecer al director”, nos dice. “En una sociedad institucionalizada la creatividad se dificulta porque a los poderosos no les conviene que las gentes sean en verdad creativas. Al contrario, lo que les interesa es que no lo sean porque son seres que cuestionan y critican el “status quo”.

Induciendo a los actores con quienes trabaja a un estado de caos y desorientación, Murillo trata de sacar de ellos sus propios poderes imaginativos para revitalizar así el contacto del teatro con la esencia humana. De esta manera, el teatro se convierte en una forma de arte significativa.

Sebastián es una obra moralista, farsesca y satírica que trata sobre los efectos del materialismo consumista en una cultura todavía no industrializada. Sebastián, el sencillo “artesano de corazón transparente” del Tercer Mundo, es violado en su integridad por la promesa inflada de un futuro rico, feliz y sin preocupaciones. Con gran exhuberancia, el elenco envuelve a la audiencia en el infortunio trágico y absurdo de un inocente “primitivo”, cautivo en una maquinaria (literalmente un complejo de aparatos y otros bienes) cuya fuerza destructiva él apenas comprende.

Utilizando una ironía farsesca al estilo de Carlos Castañeda, la obra se pudo haber llamado: “Comprando el Poder; o El Camino de la Sabiduría Yanqui”. El personaje “El Otro”, o sea el villano local de la pieza (el típico lacayo militar), se involucra en la destrucción de su cultura nativa con gran voracidad y apetito persiguiendo la carnada de riqueza y poder tendida ante él por sus manipuladores capitalistas. Como agente de la riqueza y de la autoridad extranjera, El Otro está aún más engañado que el íntegro de Sebastián. Ambos se embaucan en el sueño de una mejor vida a través del comercio y de la tecnología moderna.

La ironía más profunda de Sebastián Sale de Compras sin embargo, está reservada para la audiencia. Porque aunque aparentemente nos podamos sentir confortablemente superiores frente a “Sebastián” o a “El Otro”, y aunque también estemos conscientes del precio de nuestro “alto nivel de vida”; la burla es fundamentalmente dirigida a nosotros: nosotros somos también Sebastián.

El proceso entero por medio del cual este “simpático hombre común y subdesarrollado” es destripado, se probó primero - y con devastadora eficacidad - aquí mismo, en los Estados Unidos de Norte América.
Hace muchos años cuando la General Electric ¿o era General Westinghouse? nos informó que viviríamos mejor a través del progreso (nuestro producto más importante), los norteamericanos obedientemente compramos y todavía estamos consumiendo cada nuevo artefacto que aparece en el horizonte.

Estando el proyecto Diablo Canyon listo para arrancar, los pollos del progreso y del “poder ilimitado” vienen a asarse y a pagarse en casa. Cuando Murillo me dijo: “el poder es peligroso”, no se refería a la electricidad sino a la influencia corruptora del poder de una persona (o una institución) sobre los otros. Sin embargo no puedo evitar pensar acerca de la planta de energía nuclear como la Mega máquina cuya fuerza, de acuerdo a la publicidad preliminar, nos aseguraba a todos paz y prosperidad y lo que nos producía realmente era una ansiedad ilimitada - y cosas peores. Como el pobre Sebastián, hemos sido burlados; se nos vendió una montaña de bienes garantizándonos que nos harían sentirnos cómodos y felices. La alta tecnología y sus corporaciones se anunciaron alguna vez como lo último en salvación.

En el Pacífico todavía existen cultos a la mercancía los cuales, como todos los cultos, prometen la liberación. Un recorte encontrado entre mis archivos cita a un nativo de la isla de Tana que rindiendo culto a “Juan Gringo” lo espera como su salvador y dice: “Cuando Juan Gringo venir a Tana, él traer grandes barcos blancos repletos de carga, llenos de cosas como haberlas en América, Juan Gringo traer carros, Jeeps, camiones, refrigeradoras, radios, cuadros que hablan. El hacer caminos para los Taneses, caminos como haberlos en América, no haber más trabajo para nosotros en Tana. ¿Usted querer cerdo? ¿Usted querer vaca? ¿Usted querer jeep? Usted obtenerlos. Usted esperar por Jesucristo 2,000 años. El no venir todavía, nosotros esperar por Juan Gringo. Nosotros pensar que él venir mucho antes”.

Aunque estas expectativas nos suenen divertidas a nosotros la gente sofisticada, no están tan lejanas de la mal colocada fe de los norteamericanos en el dios del progreso.

Los creyentes pre-industriales en esa fe (como el desventurado Sebastián) están a punto de sufrir una cruel desilusión, pero no más cruel al fin de cuentas, que la nuestra al percatarnos del lavado cerebral que después de toda una vida hemos recibido de la GENERAL ELECTRIC y sus mercenarios.

La historia es una improvisación. Ahora que tantos de nosotros hemos sido individualmente desorientados y que nuestro sueño americano ha sido demolido, puede que estemos listos para tomar el riesgo y comenzar la aventura de esa “reinvención colectiva de la vida”, la cual Murillo tanto valora en su trabajo como director. Cada uno de nosotros es un actor en ese drama histórico compartido que estamos creando. En él, la dirección que asuman nuestros roles, depende de nosotros mismos.

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