La
semana pasada conversé una tarde con Rafael Murillo,
quien ha sido invitado por el “Bear Republic Theater”
para dirigir su nueva producción, Sebastián
Sale de Compras. Nuestra vibrante conversación
osciló entre la poesía, la política
y hasta la dinámica interna del proceso creativo.
Mientras
trabaja con los actores en “el espacio escénico”,
Murillo tiene como principio guía “desmitificar
el rol del director” para generar un espíritu
de creación colectiva. Para él, el “actor
como creador” es el elemento más importante
en el teatro. “El actor está allí
para crear y no para obedecer al director”, nos
dice. “En una sociedad institucionalizada la creatividad
se dificulta porque a los poderosos no les conviene que
las gentes sean en verdad creativas. Al contrario, lo
que les interesa es que no lo sean porque son seres que
cuestionan y critican el “status quo”.
Induciendo
a los actores con quienes trabaja a un estado de caos
y desorientación, Murillo trata de sacar de ellos
sus propios poderes imaginativos para revitalizar así
el contacto del teatro con la esencia humana. De esta
manera, el teatro se convierte en una forma de arte significativa.
Sebastián
es una obra moralista, farsesca y satírica que
trata sobre los efectos del materialismo consumista en
una cultura todavía no industrializada. Sebastián,
el sencillo “artesano de corazón transparente”
del Tercer Mundo, es violado en su integridad por la promesa
inflada de un futuro rico, feliz y sin preocupaciones.
Con gran exhuberancia, el elenco envuelve a la audiencia
en el infortunio trágico y absurdo de un inocente
“primitivo”, cautivo en una maquinaria (literalmente
un complejo de aparatos y otros bienes) cuya fuerza destructiva
él apenas comprende.
Utilizando
una ironía farsesca al estilo de Carlos Castañeda,
la obra se pudo haber llamado: “Comprando el Poder;
o El Camino de la Sabiduría Yanqui”. El personaje
“El Otro”, o sea el villano local de la pieza
(el típico lacayo militar), se involucra en la
destrucción de su cultura nativa con gran voracidad
y apetito persiguiendo la carnada de riqueza y poder tendida
ante él por sus manipuladores capitalistas. Como
agente de la riqueza y de la autoridad extranjera, El
Otro está aún más engañado
que el íntegro de Sebastián. Ambos se embaucan
en el sueño de una mejor vida a través del
comercio y de la tecnología moderna.
La
ironía más profunda de Sebastián
Sale de Compras sin embargo, está reservada para
la audiencia. Porque aunque aparentemente nos podamos
sentir confortablemente superiores frente a “Sebastián”
o a “El Otro”, y aunque también estemos
conscientes del precio de nuestro “alto nivel de
vida”; la burla es fundamentalmente dirigida a nosotros:
nosotros somos también Sebastián.
El
proceso entero por medio del cual este “simpático
hombre común y subdesarrollado” es destripado,
se probó primero - y con devastadora eficacidad
- aquí mismo, en los Estados Unidos de Norte América.
Hace
muchos años cuando la General Electric ¿o
era General Westinghouse? nos informó que viviríamos
mejor a través del progreso (nuestro producto más
importante), los norteamericanos obedientemente compramos
y todavía estamos consumiendo cada nuevo artefacto
que aparece en el horizonte.
Estando
el proyecto Diablo Canyon listo para arrancar, los pollos
del progreso y del “poder ilimitado” vienen
a asarse y a pagarse en casa. Cuando Murillo me dijo:
“el poder es peligroso”, no se refería
a la electricidad sino a la influencia corruptora del
poder de una persona (o una institución) sobre
los otros. Sin embargo no puedo evitar pensar acerca de
la planta de energía nuclear como la Mega máquina
cuya fuerza, de acuerdo a la publicidad preliminar, nos
aseguraba a todos paz y prosperidad y lo que nos producía
realmente era una ansiedad ilimitada - y cosas peores.
Como el pobre Sebastián, hemos sido burlados; se
nos vendió una montaña de bienes garantizándonos
que nos harían sentirnos cómodos y felices.
La alta tecnología y sus corporaciones se anunciaron
alguna vez como lo último en salvación.
En
el Pacífico todavía existen cultos a la
mercancía los cuales, como todos los cultos, prometen
la liberación. Un recorte encontrado entre mis
archivos cita a un nativo de la isla de Tana que rindiendo
culto a “Juan Gringo” lo espera como su salvador
y dice: “Cuando Juan Gringo venir a Tana, él
traer grandes barcos blancos repletos de carga, llenos
de cosas como haberlas en América, Juan Gringo
traer carros, Jeeps, camiones, refrigeradoras, radios,
cuadros que hablan. El hacer caminos para los Taneses,
caminos como haberlos en América, no haber más
trabajo para nosotros en Tana. ¿Usted querer cerdo?
¿Usted querer vaca? ¿Usted querer jeep? Usted obtenerlos.
Usted esperar por Jesucristo 2,000 años. El
no venir todavía, nosotros esperar por Juan Gringo.
Nosotros pensar que él venir mucho antes”.
Aunque estas expectativas nos suenen divertidas a nosotros
la gente sofisticada, no están tan lejanas de la
mal colocada fe de los norteamericanos en el dios del
progreso.
Los
creyentes pre-industriales en esa fe (como el desventurado
Sebastián) están a punto de sufrir una cruel
desilusión, pero no más cruel al fin de
cuentas, que la nuestra al percatarnos del lavado cerebral
que después de toda una vida hemos recibido de
la GENERAL ELECTRIC y sus mercenarios.
La
historia es una improvisación. Ahora que tantos
de nosotros hemos sido individualmente desorientados y
que nuestro sueño americano ha sido demolido, puede
que estemos listos para tomar el riesgo y comenzar la
aventura de esa “reinvención colectiva de
la vida”, la cual Murillo tanto valora en su trabajo
como director. Cada uno de nosotros es un actor en ese
drama histórico compartido que estamos creando.
En él, la dirección que asuman nuestros
roles, depende de nosotros mismos.
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