Sebastián goes shopping
Posteriormente (1981) el montaje creado en Tegucigalpa fue tomado como base para el que se hizo con el “ The Bear Republic Theater” de la ciudad de Santa Cruz en California con el nombre de “Sebastián Goes Shopping”.
En esta ocasión se intentó (esta vez con profesionales) aplicar las líneas metodologícas que habían sido experimentadas con el elenco “amateur” de Tegucigalpa, lo que resultó, al inicio, algo traumático ya que a estos actores y actrices les resultaba difícil asimilar esos asuntos de la improvisación; de la creación colectiva, y sobre todo el sentido del juego que todo montaje teatral, a mi criterio, debe contener. Esto mismo demandaba un quitarse las máscaras o algo así como un desvestir el alma y retornar a las fuentes primarias y si se quiere infantiles del arte actoral. Tener o recuperar el sentido de asombro es casi un asunto de vida o muerte para el arte escénico contemporáneo.
En esta ocasión se intentó (esta vez con profesionales) aplicar las líneas metodologícas que habían sido experimentadas con el elenco “amateur” de Tegucigalpa, lo que resultó, al inicio, algo traumático ya que a estos actores y actrices les resultaba difícil asimilar esos asuntos de la improvisación; de la creación colectiva, y sobre todo el sentido del juego que todo montaje teatral, a mi criterio, debe contener. Esto mismo demandaba un quitarse las máscaras o algo así como un desvestir el alma y retornar a las fuentes primarias y si se quiere infantiles del arte actoral. Tener o recuperar el sentido de asombro es casi un asunto de vida o muerte para el arte escénico contemporáneo.
Proceso difícil este para quien el arte de actuar ha sido reglamentado por los cánones de la academia y limitado por las urgencias de las leyes de un mercado que exige el producto lo más pronto posible y que por lo mismo se cierra ( “Time is money baby”) a no perder el tiempo en esos “desvaríos” de búsquedas creativas. Recuerdo que en cierta ocasión una de las buenas actrices que trabajaba en este montaje de California señalo que “ella era una profesional y que estaba ahí para actuar y yo para dirigir y que no la pusiera a resolver o hablar sobre problemas que no eran de su incumbencia ni de su especialidad”. Al final, sin embargo, y gracias al apoyo y comprensión del entonces director del “The Bear Republic Theater “, Michael Grigg (a quien se le debía mi presencia en Santa Cruz) logramos, aunque apresuradamente porque apenas contábamos con 45 días, trabajar en colectivo sobre la base de rápidas y ligeras improvisaciones.
UNA DE CAL Y LA OTRA DE ARENA
Dos momentos recordables, por singulares, sucedieron durante la presentación de esta producción en los Estados Unidos de Norte América y siendo que en la vida, como suele decirse, siempre “hay una de cal y otra de arena”, ambas se dieron alrededor de esta experiencia.
La primera toca con la escena última del montaje la que en ocasiones quedaba en suspenso y en ese momento, al detenerse la acción dramática, se le solicitaba a la audiencia intervenir sobre la forma que debería tomar el final del espectáculo.
El público, contrariamente a lo que pudimos haber pensado, con una participación motivada y espontánea de inmediato planteaban sugerencias y soluciones las que se improvisaban ahí mismo frente al auditorio, escogiendo después, como final la que esa noche fuera la más convincente.
Este momento en el que el “respetable” entraba de lleno y creativamente a definir el final de nuestro trabajo significó una vivencia especial tanto para el público como para el elenco ya que por las dos vías (público y escena), y casi sin buscarlo se convertía en realidad esa aspiración y legendaria búsqueda, (sobre la cual tanto se habla y se teoriza) de romper aquello que se interpone entre público y la escena: “La famosa tercera pared”. En una nota que puede leerse más adelante un comentarista de un periódico de Santa Cruz de California da cuenta de su impresión sobre esta experiencia considerada como “única”.
El segundo momento sucedió durante una representación especial para chicanos y chicanas presentada una noche de septiembre en un gran teatro de la ciudad de San Francisco de California. Se tuvo sala llena y todo parecía indicar que esa función seria tan exitosa como las de la ciudad de Santa Cruz, pero poco a poco, inexplicablemente, a medida que la acción transcurría comenzó a palparse un malestar que creció y creció hasta llegar al rechazo total. A pesar que actores y actrices con admirable muestra de carácter lograron finalizar la función, la repulsa, chiflada y estruendosamente gritada, al cerrar el telón fue mas cerrada todavía.
Solo dos personas se me acercaron esa noche: el teatrista Norteamericano Davison a quien había conocido en un encuentro en La Habana, el cual confesó efusivamente que “también había participado en las rechiflas”, y un hermano de Manuel José Arce quien no escondía su disgusto y hasta su cólera por “haber ensuciado el nombre de su hermano al presentar semejante adefesio”.
Confieso que este fue un momento sorpresivo, duro y difícil de asimilar puesto que mantenía la ilusión que esta seria la mejor de todas las presentaciones ya que actuaríamos en cierta medida frente a mi “propia gente” y en ese caso el público se apropiaría con más placer y reflexión de la obra y su “mensaje”. Seguro estaba que este reaccionaria de una manera más cálida y participativa que cualquier otro público estadounidense, lo que en efecto así fue, nada mas que esa participación fue a tal grado calurosa que de momentos sentí que los puñetazos se me venían encima. Y es que al parecer las gentes se sintieron insultadas porque pensaron, quizás, que al reírnos del pobre Sebastián de esa manera (hasta ahora no sé cuál) estábamos, a través de él, ridiculizando “a la raza entera”.
A mí me hubiese gustado encontrar las razones que hayan podido despertar esas reacciones y explicarme, sobretodo, aquella confusa situación en la cual por un lado se rechazaba el espectáculo y por el otro las gentes no salían de la sala soportando el “agravio” hasta el final.
Cuesta todavía comprender en donde estuvo la falla puesto que la misma obra y con similar montaje se le había presentado a públicos populares de México, Guatemala y Honduras y en estas ocasiones las reacciones fueron totalmente opuestos.
Bien dicen que ese grupo disímil y heterogéneo que es el público jamás es igual de una función a la otra y en tal sentido hay que estar prevenido para las reacciones mas insospechadas, incluyendo las trompadas.
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